Clara, hermoso nombre que siempre me hizo pensar en la hija de mi querida prima Victoria. La debe haber llamado "Clara" en honor a nuestra abuela y para no repetir su nombre, Clarisa, de quien también llevo su nombre (mi mamá asegura que no es por eso sino porque le gustaba "Clarisa". Igual, me encanta). Lo asocio con la familia, con seres queridos pero no con un bazar. Eso, hasta hace unos días.
No aficionada a las artes de la repostería, jamás presté atención al nombre Doña Clara hasta que llegué a la clase de Rosi Baiardi. Desde ese momento, la famosa casa de artículos para repostería en la calle Corrientes dejaría de ser desconocida para quien escribe. Lo primero que escuché fue: "Si no está en Doña Clara, no lo vas a conseguir en ningún lado". No estoy en capacidad de afirmarlo ni negarlo pero lo cierto es que debía preparar zapallo en almíbar para un proyecto de estudio y necesitaba cal viva. Visité varias casas de repostería y en todas me miraron con cara de como queriendo decir ¿eh? ¿qué? ¿cal viva? ¿eh? ¡no! Lo siento. Hasta que por fin alguien me dijo: "Seguro que en Doña Clara tienen".
Tras un breve recorrido en subte, llegué al barrio de Once y me dirigí al bazar en cuestión. La vidriera, impresionante. El interior, también. Todos los artículos que uno se pueda imaginar están allí. Temorosa pedí la cal y, como si hubiera pedido un kilo de pan en una panadería, un amable vendedor me dio un paquetito y aclaró: "Rinde para tres kilos".
Luego, mientras estaba en la caja, otro señor algo mayor me pregunta con una sonrisa (se ve que notó mi cara de asombro): "¿Sabe cuántos artículos vendemos aquí?". Tratando de exagerar, respondí dos mil quinientos. Mi hija calculó 5000. "¡10.000 productos", afirmó orgulloso. Enseguida me pregunta si sabía cuántos años tenía la tienda. Eso lo supe responder porque acaba de ver un afiche que decía que había cumplido 50 años hace un par de años, casi mi edad. El señor siguió conversando afablemente conmigo, a pesar que era obvio que yo no era la gran clienta (de hecho, mi gasto en cal no alcanzaba a un dólar al precio oficial). Me hizo sentir especial como cliente, cosa que no es habitual en muchos negocios de Buenos Aires.
Cuando me despido, me avisa que pronto habrá unas clases de chocolatería, que por ahí me podrían interesar. "Sí, señor. Me interesa. Yo estoy estudiando cocina". "¿Donde? ¿En el IAG?" "No, señor. En lo de Alicia Berger." Y ahí otra vez la respuesta de aprobación: "Ah, ¡excelente! ¡Muy buen lugar! La señora Alicia suele venir a hacer compras por aquí." (¿Sería cierto? Puede ser.)
Tan pronto me subí al subte para regresar a casa ya me había olvidado cuánto rendía el paquetito de cal. Llamé por teléfono para ver si me podían ayudar y la señora que me atendió, sin dudarlo, me confirmó lo que me afirmaba mi hija: "Señora, le rinde tres kilos".
La dirección de Doña Clara, si otro aprendiz como tiene curiosidad por conocer la tienda o algún turista le interesa visitarla, es: Avenida Corrientes 2561, Ciudad de Buenos Aires.
Diario de una estudiante de cocina cincuentona: neuronas cansadas y ganas que sobran.
miércoles, 19 de febrero de 2014
viernes, 7 de febrero de 2014
Estudiar en la Escuela Superior de Cocina Alicia Berger
Estudio en la Escuela Superior de Cocina Alicia Berger. Lo escribo con orgullo y tengo motivos para ello. Empecé caso a mitad
del año 2013 y debo ahora terminar la primera parte. Cuento con ansias los días que faltan para
que comiencen las clases porque es un verdadero placer estar allí. Placer porque
aprendo, placer porque veo que quieren enseñarme, placer porque no me siento un
número ni un cliente ni un ser inferior. Placer porque estoy en un lugar donde
los profesores saben, tienen pasión por la cocina, quieren enseñar y quieren
que aprendas, no demostrar cuán arriba estén de uno (cosa que sí sucedía en
otro lugar donde estuve).
Cuando comencé mi investigación sobre dónde
podría estudiar cocina con seriedad acudí, lógicamente, a Internet. La búsqueda
me remitió unos cuántos sitios de escuelas, casi todos con enorme inversión
publicitaria en Internet, y me dirigí a una de
las que tenía más referencias y que la gente repetía como loro "es la
mejor". Me anoté, me recibieron con los brazos abiertos. Sin embargo, la
experiencia fue nefasta y
abandoné.
Llegué a la escuela de cocina de Alicia
Berger de pura casualidad: pasé caminando frente a la sede, toqué el timbre, pedí información y al día siguiente me inscribí. Nunca había charlado con nadie de mi interés por estudiar cocina profesional, de
modo que ninguna referencia tenía. Pronto comencé a tener indicios
de que había elegido un excelente lugar. Primero, mi decisión fue elogiada por
una maestra pastelera muy prestigiosa en Argentina. “¡Ahí estudié yo. Alicia
fue mi primera profesora!”, me mandó a decir. Esta persona no fue la única. A
partir de allí, varios conocidos que sí conocen del tema me felicitaron y mucho: “¿Con Alicia, guau? ¡Te felicito!”,
dijo una experta panadera con un tono de voz que manifestaba gran respeto.
"¿En lo de Alicia Berger? ¡Palabras mayores!”, me escribió una colega conocida
y también dedicada a la crítica gastronómica. “Caramba, los que saben me dicen que este
lugar es bueno”, pensé. La cosa lucía bien.
La carrera intensiva dura un año. El ritmo
de las clases es fuerte, realmente intenso. Casi tres horas por día, tres días
a la semana. La estructuración de las clases por temas me pareció muy bien
armada. Tuve como profesores a todos los docentes de la escuela y solo tengo
elogios. Saben de cocina y saben enseñar, sin pedantería ni arrogancia. Mi
profesor principal fue Agustín. Simpatiquísimo, alegre y lleno de energía y
conocimientos. Entre sus muchas cualidades, me gusta de él que se adelanta a
los errores que podemos cometer y destaco sus clases, descontracturadas y ágiles, aunque es mejor no perderse ni una palabra de lo que dice.
También tuve a Alicia Berger
de profesora (no mucho porque yo ingresé tarde). Es un lujo tenerla. Lo que no
dicen (porque no les conviene) los directivos y dueños de muchas de las escuelas
de cocina con más publicidad de Argentina es casi todos ellos fueron sus
alumnos. O sea, lo que saben es porque Alicia se los enseñó, pues ella tuvo la
primera escuela de cocina en esta ciudad. Estudió en el Cordon Bleu, Francia, y
trabajó con varios de los chefs más importantes del mundo, que no es poca cosa
(si tienen curiosidad, busquen su CV por Internet). Es una persona alegre, con gran pasión por la docencia y una referente en gastronomía nacional.
La lista de mis profes termina hoy con Maurice
Lacharme, un francés alto, tranquilo y con tanta carrera gastronómica que
abruma. Con sus antecedentes debe haber hay pocos en el mundo, incluso en Francia. Para
tratar de abreviarla, hace esto más o menos desde los 16 años y tiene décadas
de experiencia en restaurantes tres estrellas Michelin. Además de darnos
algunas clases (es un lujo que pocos privilegiados podemos tener), es el director académico, creo, y quien nos toma los exámenes
teóricos y prácticos. Larguísimos, exigentes, hay que saber TODO. El nivel de
exigencia en los exámenes es muy alto, preguntan sencillamente todo (pero lo
que se toma ha sido dado en las clases, no hay golpes bajos). Como dicen mis compañeros: "Hacer el
práctico con Maurice es como rendir el examen de fútbol con Maradona. Te evalúa
el mejor de los mejores". (Yo adoro a Maradona, pero si a alguien no le
gusta puede reemplazar su nombre por el futbolista mundial de su preferencia,
Di Stéfano, Messi, Pelé, Ronaldo...).
Me falta hacer referencia a los otros profesores, Joaquín, Graciela... Otro día será.
Antes de irme, siento importante compartir que cada estudiante es tratado con respeto y que los profesores se preocupan por los alumnos, los aprecian y los conocen.
Si hoy alguien me preguntara dónde puede estudiar
cocina para aprender y para dedicarse a esto en serio, no lo dudaría, le
recomendaría la escuela de cocina de Alicia Berger (aunque una búsqueda por
Internet no tenga tantas referencias a su escuela como se merece).
Antes de irme, siento importante compartir que cada estudiante es tratado con respeto y que los profesores se preocupan por los alumnos, los aprecian y los conocen.
viernes, 13 de diciembre de 2013
La graduación de mis compañeros
Hoy mis compañeros recibieron sus diplomas de estudios. Todos están muy contentos y me siento muy feliz por ellos.
Fue muy emocionante verlos recibir sus diplomas y ver que los profesores tuvieron palabras muy especiales para casi todos ellos.
Florencia es sin duda la chica 10: sacó la máxima nota en los dos exámenes escritos (y que conste que eran exámenes de desarrollo muy largos): había contestado mucho más de lo que le habían preguntado, explicó el profesor. Pero es que ella es así, cuando se dedica de lleno a algo, lo hace de corazón, se dedica con pasión y seriedad. No me extraña que haya sacado 10.
Mariela también fue reconocida muy especialmente, por su gran empeño, por estar siempre allí, aprendiendo, ayudando, con asistencia perfecta, por subirse al tren justo cuando este pasó. La verdad, es que siempre estuvo, silenciosa, con una sonrisa, presente en todo momento.
La pequeñita del grupo, Aixa, también recibió palabras especiales de agradecimiento. No solo es muy buena alumna, sino ayudante, y siempre se esmeró en todo lo que hizo. Me encanta que los profes sepan reconocer los méritos.
Norelkys fue especial, también. Hizo el curso embarazada, la chaqueta dejó de cerrarle, las piernas quizás le pesaban pero jamás nos lo hizo saber, mientras veíamos cómo el pequeño Matías le hacía crecer su panza cada vez más. Matías nació y Norelkys, feliz pero trasnochada con su bebito recién nacido, siguió viniendo a la escuela y preparó por su cuenta las clases a las que no había podido asistir. ¡Y lo hizo muy bien!
A Guillermo le cambiaron el nombre y hasta el apellido. Ya no es más Guille, sino Fede Garniture... Y nos encanta cómo le queda. Por eso el profe no supo muy bien si llamarlo Guillermo o Fede cuando le dio su diploma. Pese al cansancio con el que llegaba a las clases, tomaba un vasito de agua para despertarse y, tenaz, seguir adelante.
De Pedro recordaron que nunca tomó un apunte. Nos consta que, el último día de clase, se preocupó por conocer las respuestas.
A Roxana le reconocieron su empeño, por seguir adelante hasta conseguir el diploma, pese a que por cuestiones laborales tuvo que dividir los estudios en dos años. Para ella también era complicado el tema de los estudios pero perseveró.
De Paul y Gero, los profes no tuvieron mucho que decir de ellos pero para mi siempre destacaron por su buen humor, trabajo serio y por estar siempre en las clases, pendientes de todo y para encontrar algo divertido de cualquier situación. Si al terminar un día Paul no hablaba mucho o no hacía un chiste, sin duda alguna la clase de ese día había sido agotadora. Gero es el compañero práctico, que resuelve y toma decisiones pero no habla mucho. Solo lo suficiente. Ni más, ni menos.
Me hubiera gustado que Lucho hubiera estado allí. Lástima que por razones personales no pudo seguir. Creo que tiene pasta de cocinero.
Compañeros, ¡felicidades a todos! Los extrañaré el año próximo.
Algunos de mis compañeros que se graduaron hoy con Alicia y Maurice:
En la foto, Florencia, Aixa, Paul, Roxi, Maurice y Alicia, Pedro, Gerónimo y Guillermo.
Los profesores, unos apasionados por la docencia, Agustín (nuestro profe oficial), Maurice (que decide si algo aprendimos pero igual sigue enseñando) y Graciela (siempre disfrutando lo que hace) con Mariela y Norelkys.
Un abrazo conmovedor, a todos se nos piantó un lagrimón.
Fue muy emocionante verlos recibir sus diplomas y ver que los profesores tuvieron palabras muy especiales para casi todos ellos.
Florencia es sin duda la chica 10: sacó la máxima nota en los dos exámenes escritos (y que conste que eran exámenes de desarrollo muy largos): había contestado mucho más de lo que le habían preguntado, explicó el profesor. Pero es que ella es así, cuando se dedica de lleno a algo, lo hace de corazón, se dedica con pasión y seriedad. No me extraña que haya sacado 10.
Mariela también fue reconocida muy especialmente, por su gran empeño, por estar siempre allí, aprendiendo, ayudando, con asistencia perfecta, por subirse al tren justo cuando este pasó. La verdad, es que siempre estuvo, silenciosa, con una sonrisa, presente en todo momento.
La pequeñita del grupo, Aixa, también recibió palabras especiales de agradecimiento. No solo es muy buena alumna, sino ayudante, y siempre se esmeró en todo lo que hizo. Me encanta que los profes sepan reconocer los méritos.
Norelkys fue especial, también. Hizo el curso embarazada, la chaqueta dejó de cerrarle, las piernas quizás le pesaban pero jamás nos lo hizo saber, mientras veíamos cómo el pequeño Matías le hacía crecer su panza cada vez más. Matías nació y Norelkys, feliz pero trasnochada con su bebito recién nacido, siguió viniendo a la escuela y preparó por su cuenta las clases a las que no había podido asistir. ¡Y lo hizo muy bien!
A Guillermo le cambiaron el nombre y hasta el apellido. Ya no es más Guille, sino Fede Garniture... Y nos encanta cómo le queda. Por eso el profe no supo muy bien si llamarlo Guillermo o Fede cuando le dio su diploma. Pese al cansancio con el que llegaba a las clases, tomaba un vasito de agua para despertarse y, tenaz, seguir adelante.
De Pedro recordaron que nunca tomó un apunte. Nos consta que, el último día de clase, se preocupó por conocer las respuestas.
A Roxana le reconocieron su empeño, por seguir adelante hasta conseguir el diploma, pese a que por cuestiones laborales tuvo que dividir los estudios en dos años. Para ella también era complicado el tema de los estudios pero perseveró.
De Paul y Gero, los profes no tuvieron mucho que decir de ellos pero para mi siempre destacaron por su buen humor, trabajo serio y por estar siempre en las clases, pendientes de todo y para encontrar algo divertido de cualquier situación. Si al terminar un día Paul no hablaba mucho o no hacía un chiste, sin duda alguna la clase de ese día había sido agotadora. Gero es el compañero práctico, que resuelve y toma decisiones pero no habla mucho. Solo lo suficiente. Ni más, ni menos.
Me hubiera gustado que Lucho hubiera estado allí. Lástima que por razones personales no pudo seguir. Creo que tiene pasta de cocinero.
Compañeros, ¡felicidades a todos! Los extrañaré el año próximo.
Algunos de mis compañeros que se graduaron hoy con Alicia y Maurice:
En la foto, Florencia, Aixa, Paul, Roxi, Maurice y Alicia, Pedro, Gerónimo y Guillermo.
Los profesores, unos apasionados por la docencia, Agustín (nuestro profe oficial), Maurice (que decide si algo aprendimos pero igual sigue enseñando) y Graciela (siempre disfrutando lo que hace) con Mariela y Norelkys.
Un abrazo conmovedor, a todos se nos piantó un lagrimón.
miércoles, 11 de diciembre de 2013
Del Barrio Chino a Colegiales, una práctica de pescado
Como bien corresponde a un buen plan de estudios gastronómicos, pescados y frutos del mar fueron parte obligada en la escuela de cocina. Como bien corresponde a un par de alumnas de Argentina, país de la carne, mucha idea sobre pescados no teníamos. Que nos encanta el pescado, sin duda. Ahora que nos habían enseñado cómo, teníamos que practicar.
Para ello, Florencia y yo fuimos de excursión al Barrio Chino, un pintoresco sitio en Buenos Aires donde se concentran los comerciantes chinos para vender los productos consumidos por la colectividad china. Hoy es el lugar de moda entre los porteños amantes de la gastronomía porque saben que allí se puede conseguir ¡de todo!
Nos dirigimos a uno de los grandes supermercados chinos, donde abundan las especias, frutas, hierbas y verduras frescas como maracuyás, mangos, cilantro, coles chinas, etc., raros tés y condimentos, salsas, y todos los pescados que se nos ocurran que no se consiguen en mercados comunes. La infinidad de aromas del lugar es espectacular. Ante las bandejas heladas se presentó nuestro primer dilema: ¿qué pescado escoger? Las clases de bromatología de Liliana, nuestra profe, médica y experta en nutrición, nos susurraban en la espalda: agallas rojas, ojos transparentes, escamas firmes y todas las características que tienen los pescados frescos. También había un tema de costos: no era cuestión de gastar una fortuna en un pescado para que terminara destrozado en manos de unas principiantes. No se lo merecía. Con la certeza de que si estábamos en el Barrio Chino el pescado seguramente era fresco —todos estaban sobre capas de hielo triturado y los chinos comen muchísimo pescado— buscamos un animal que tuviera una forma en torpedo adecuada para nuestros fines y escogimos un par de meros. Luego encontramos unas chauchas de vainilla y decidimos que prepararíamos un plato de Madagascar que nos enseñó Graciela.
Entusiasmadísimas con las compras nos alejamos presurosas de las cajas, cuando al dar dos pasos fuera del local me doy cuenta que hasta el changuito de las compras me estaba llevando yo. Va foto poco glamorosa de mi intento de robo del carrito.
...
En casa, en el barrio de Colegiales, la labor de limpieza y fileteado no fue sencilla. Encontramos que cortar las aletas y el resto de la preparación es complicadísimo. Otro de los profes, Joaquín, estuvo presente virtualmente todo el tiempo que nos dedicamos a preparar el pescado. "No usen agua caliente para lavarlo", sentíamos que nos decía y cada cada una de sus enseñanzas y recomendaciones nos venían a la mente a cada instante. Nos pinchábamos los dedos, el cuerpo del animal se nos escurría... Al final, terminamos con unos filetes más o menos decentes (los segundos mejores que los primeros) y no nos atrevimos a calcular el factor de desperdicio, que debe haber sido muy alto (seguramente mucho mayor al indicado en las tablas que nos había dado la profe Andrea).
Con la cabeza y el espinazo preparamos un caldo. De pronto, descubrimos horrorizadas una misteriorsa bolita blanca en el líquido. Tenía el tamaño de una mentita pero no su olor. Inquietas, hacemos, cada una por su lado, una búsqueda de "bolita blanca pescado" por internet con resultados pavorosos: ¡triquinosis...! "¡Noooo, tenemos que tirar todo esto!", pensamos angustiadas. Pero la duda persistía, eso NO podía ser triquinosis. Enviamos un mensaje urgente a los profes con la duda (no nos respondieron pero se deben haber matado de la risa de nuestra consulta y preferimos no preguntarles qué pensaron de nosotras). Luego apareció una segunda bolita, una tercera... Ya con la cuarta, encontrada cuando nos atrevimos a meter los dedos en los glóbulos oculares de los pescados, comprendimos aliviadas que eran los ojos.
Finalmente, logramos preparar unos deliciosos meros en salsa perfumada con vainilla —no tan bellamente presentados como nos los presentó Graciela; de hecho, me falta mucho para lograr presentaciones decentes— que nuestras queridas familias apreciaron. Faltó cantidad pero para un primer intento, el resultado fue satisfactorio y nos encantó trabajar juntas, nos divertimos, practicamos, aprendimos. Es apenas el primer paso... tenemos muchos más que dar.
El filete en salsa. Ruego a los chefs y expertos en cocina que no sean punzantes en sus críticas. Estamos aprendiendo. Ojalá pronto podamos poner aquí fotos de platos perfectamente preparados y bellamente emplatados.
Hasta la próxima.
Para ello, Florencia y yo fuimos de excursión al Barrio Chino, un pintoresco sitio en Buenos Aires donde se concentran los comerciantes chinos para vender los productos consumidos por la colectividad china. Hoy es el lugar de moda entre los porteños amantes de la gastronomía porque saben que allí se puede conseguir ¡de todo!
Nos dirigimos a uno de los grandes supermercados chinos, donde abundan las especias, frutas, hierbas y verduras frescas como maracuyás, mangos, cilantro, coles chinas, etc., raros tés y condimentos, salsas, y todos los pescados que se nos ocurran que no se consiguen en mercados comunes. La infinidad de aromas del lugar es espectacular. Ante las bandejas heladas se presentó nuestro primer dilema: ¿qué pescado escoger? Las clases de bromatología de Liliana, nuestra profe, médica y experta en nutrición, nos susurraban en la espalda: agallas rojas, ojos transparentes, escamas firmes y todas las características que tienen los pescados frescos. También había un tema de costos: no era cuestión de gastar una fortuna en un pescado para que terminara destrozado en manos de unas principiantes. No se lo merecía. Con la certeza de que si estábamos en el Barrio Chino el pescado seguramente era fresco —todos estaban sobre capas de hielo triturado y los chinos comen muchísimo pescado— buscamos un animal que tuviera una forma en torpedo adecuada para nuestros fines y escogimos un par de meros. Luego encontramos unas chauchas de vainilla y decidimos que prepararíamos un plato de Madagascar que nos enseñó Graciela.
Entusiasmadísimas con las compras nos alejamos presurosas de las cajas, cuando al dar dos pasos fuera del local me doy cuenta que hasta el changuito de las compras me estaba llevando yo. Va foto poco glamorosa de mi intento de robo del carrito.
...
En casa, en el barrio de Colegiales, la labor de limpieza y fileteado no fue sencilla. Encontramos que cortar las aletas y el resto de la preparación es complicadísimo. Otro de los profes, Joaquín, estuvo presente virtualmente todo el tiempo que nos dedicamos a preparar el pescado. "No usen agua caliente para lavarlo", sentíamos que nos decía y cada cada una de sus enseñanzas y recomendaciones nos venían a la mente a cada instante. Nos pinchábamos los dedos, el cuerpo del animal se nos escurría... Al final, terminamos con unos filetes más o menos decentes (los segundos mejores que los primeros) y no nos atrevimos a calcular el factor de desperdicio, que debe haber sido muy alto (seguramente mucho mayor al indicado en las tablas que nos había dado la profe Andrea).
Con la cabeza y el espinazo preparamos un caldo. De pronto, descubrimos horrorizadas una misteriorsa bolita blanca en el líquido. Tenía el tamaño de una mentita pero no su olor. Inquietas, hacemos, cada una por su lado, una búsqueda de "bolita blanca pescado" por internet con resultados pavorosos: ¡triquinosis...! "¡Noooo, tenemos que tirar todo esto!", pensamos angustiadas. Pero la duda persistía, eso NO podía ser triquinosis. Enviamos un mensaje urgente a los profes con la duda (no nos respondieron pero se deben haber matado de la risa de nuestra consulta y preferimos no preguntarles qué pensaron de nosotras). Luego apareció una segunda bolita, una tercera... Ya con la cuarta, encontrada cuando nos atrevimos a meter los dedos en los glóbulos oculares de los pescados, comprendimos aliviadas que eran los ojos.
Finalmente, logramos preparar unos deliciosos meros en salsa perfumada con vainilla —no tan bellamente presentados como nos los presentó Graciela; de hecho, me falta mucho para lograr presentaciones decentes— que nuestras queridas familias apreciaron. Faltó cantidad pero para un primer intento, el resultado fue satisfactorio y nos encantó trabajar juntas, nos divertimos, practicamos, aprendimos. Es apenas el primer paso... tenemos muchos más que dar.
El filete en salsa. Ruego a los chefs y expertos en cocina que no sean punzantes en sus críticas. Estamos aprendiendo. Ojalá pronto podamos poner aquí fotos de platos perfectamente preparados y bellamente emplatados.
Hasta la próxima.
martes, 19 de noviembre de 2013
Del costo de la receta a la interfaz de usuario
Advertencia:
Aunque las entradas acompañadas de hermosas y tentadoras fotografías, en particular en el blog de una estudiante de cocina, sean más atractivas, hoy no será el caso. Además de exponerme a una demanda por violación de los derechos de privacidad con alguno de mis clientes o por divulgar contenidos del material enseñado en la clase, no veo cómo podría lograr una interesante foto de mis desordenadas cuentas matemáticas.
En mis clases de cocina, los lunes tenemos una materia donde aprendemos "contabilidad", "gestión", "costos" relacionados con la gastronomía. Digamos que los lunes no eran los días preferidos de los estudiantes —me incluyo— ávidos por practicar el corte chiffonade sobre una lechuga, brasear una carne o saltear verduras. Todos coincidimos, creo, en que la materia es fundamental para cualquiera que desee iniciar un emprendimiento gastronómico. De ahí, a tener un gran entusiasmo por las clases de los lunes digamos que hay un trecho importante.
Sin embargo, a los pocos días de clase, se me apareció una especie de luz reveladora. ¡Andrea, la profe, me estaba dando todas las herramientas que yo había necesitado unos meses atrás cuando ayudé a uno de mis mejores amigos con la comida para su cumpleaños. Quique cumplía 60 años y me había pedido ayuda. Entre un locro o comida armenia, que es lo que sé hacer, él prefirió la última porque es de origen árabe y los platos son más o menos los mismos. Compró los ingredientes y me dediqué con paciencia a cocinar. El resultado culinario fue un éxito. Aunque todo estuvo exquisito, recibí felicitaciones, aplausos (*) y hasta una señora de origen árabe me dijo que el kadaif de ricota me había quedado mejor que el de su mamá, me quedaba la gran intriga: si fuera a hacer un esto como profesional de la gastronomía, ¿cómo debía cobrarlo? Al finalizar la fiesta, tomé un lápiz, papel y calculadora. Contabilicé todos los gastos, evalué qué me había sobrado, qué había faltado, cuántas porciones se consumieron, cuánta materia prima habíamos comprado. Igual quedé insatisfecha. Algo faltaba.
Con la profe Andrea descubrí qué era lo que faltaba: ¡sus clases! Develado el misterio del costo de las recetas, ya sé qué debo hacer para el próximo festejo familiar o si alguien quisiera contratarme para un catering armenio.
Este fin de semana volví a aplicar las enseñanzas de Andrea. ¿Se acuerdan que soy traductora? Me especializo, entre otros, en traducción de software. A los pocos días de terminadas las clases de Andrea, debí revisar el manual de la interfaz de usuario de un software para declaraciones de impuestos. Como yo me había familiarizado con la terminología impositiva y contable, licencias con goce de sueldo, aportes y contribuciones, etc., la revisión me resultó un trabajo fluido, sencillo y ameno. Bien cierto cuando dicen que todo lo que aprendemos tiene su aplicación en algún momento de la vida, quizás en el menos esperado.
Saludos y hasta la próxima.
(*) Recibir los aplausos fue una sensación maravillosa y desconocida para mí. Estoy acostumbrada a que me feliciten por mis traducciones pero estas felicitaciones vienen acompañadas con frases tipo "ya que sos tan buena, ¿me traducirías 4800 palabras para mañana?" (cuando cualquiera del oficio sepa que se traducen 2500 palabras por día), "tú que sabes, ¿me entregarías este documento urgente el lunes por la mañana'" (pronunciadas el viernes por la tarde), o vaya a saber cuántos desafíos presentes en los documentos a traducir que, asumen algunos, como soy "buena traductora" voy a superar. Puedo asegurarles que mi mamá parió un ser humano normal y corriente, no una maga con poderes de clarividencia ni una superheroína con capacidad de máquina de traducción.
Aunque las entradas acompañadas de hermosas y tentadoras fotografías, en particular en el blog de una estudiante de cocina, sean más atractivas, hoy no será el caso. Además de exponerme a una demanda por violación de los derechos de privacidad con alguno de mis clientes o por divulgar contenidos del material enseñado en la clase, no veo cómo podría lograr una interesante foto de mis desordenadas cuentas matemáticas.
En mis clases de cocina, los lunes tenemos una materia donde aprendemos "contabilidad", "gestión", "costos" relacionados con la gastronomía. Digamos que los lunes no eran los días preferidos de los estudiantes —me incluyo— ávidos por practicar el corte chiffonade sobre una lechuga, brasear una carne o saltear verduras. Todos coincidimos, creo, en que la materia es fundamental para cualquiera que desee iniciar un emprendimiento gastronómico. De ahí, a tener un gran entusiasmo por las clases de los lunes digamos que hay un trecho importante.
Sin embargo, a los pocos días de clase, se me apareció una especie de luz reveladora. ¡Andrea, la profe, me estaba dando todas las herramientas que yo había necesitado unos meses atrás cuando ayudé a uno de mis mejores amigos con la comida para su cumpleaños. Quique cumplía 60 años y me había pedido ayuda. Entre un locro o comida armenia, que es lo que sé hacer, él prefirió la última porque es de origen árabe y los platos son más o menos los mismos. Compró los ingredientes y me dediqué con paciencia a cocinar. El resultado culinario fue un éxito. Aunque todo estuvo exquisito, recibí felicitaciones, aplausos (*) y hasta una señora de origen árabe me dijo que el kadaif de ricota me había quedado mejor que el de su mamá, me quedaba la gran intriga: si fuera a hacer un esto como profesional de la gastronomía, ¿cómo debía cobrarlo? Al finalizar la fiesta, tomé un lápiz, papel y calculadora. Contabilicé todos los gastos, evalué qué me había sobrado, qué había faltado, cuántas porciones se consumieron, cuánta materia prima habíamos comprado. Igual quedé insatisfecha. Algo faltaba.
Con la profe Andrea descubrí qué era lo que faltaba: ¡sus clases! Develado el misterio del costo de las recetas, ya sé qué debo hacer para el próximo festejo familiar o si alguien quisiera contratarme para un catering armenio.
Este fin de semana volví a aplicar las enseñanzas de Andrea. ¿Se acuerdan que soy traductora? Me especializo, entre otros, en traducción de software. A los pocos días de terminadas las clases de Andrea, debí revisar el manual de la interfaz de usuario de un software para declaraciones de impuestos. Como yo me había familiarizado con la terminología impositiva y contable, licencias con goce de sueldo, aportes y contribuciones, etc., la revisión me resultó un trabajo fluido, sencillo y ameno. Bien cierto cuando dicen que todo lo que aprendemos tiene su aplicación en algún momento de la vida, quizás en el menos esperado.
Saludos y hasta la próxima.
(*) Recibir los aplausos fue una sensación maravillosa y desconocida para mí. Estoy acostumbrada a que me feliciten por mis traducciones pero estas felicitaciones vienen acompañadas con frases tipo "ya que sos tan buena, ¿me traducirías 4800 palabras para mañana?" (cuando cualquiera del oficio sepa que se traducen 2500 palabras por día), "tú que sabes, ¿me entregarías este documento urgente el lunes por la mañana'" (pronunciadas el viernes por la tarde), o vaya a saber cuántos desafíos presentes en los documentos a traducir que, asumen algunos, como soy "buena traductora" voy a superar. Puedo asegurarles que mi mamá parió un ser humano normal y corriente, no una maga con poderes de clarividencia ni una superheroína con capacidad de máquina de traducción.
sábado, 16 de noviembre de 2013
De cremas pasteleras, festejos y estudios
Pronto tendremos los exámenes prácticos de fin de año.
Así, con Florencia, compañera de las clases de cocina y colega de traducción, hoy "estudiamos" la parte práctica: profiteroles con crema diplomática, mouse de frutillas y mouse de chocolate. Con ellos, agasajamos a unas lindas amigas con las que celebré mi cumpleaños.
Detalle importantísimo: para la mouse de chocolate, utilizamos chocolate venezolano, uno de los mejores del mundo, regalo muy especial de Susana S., una queridísima amiga venezolana. Merecía ser utilizado en una ocasión especial: mi postre de cumpleaños.
Lástima que no encontramos las copas especiales y tuvimos que conformarnos con un platito de postre. Un sencillo intento de decoración, no muy feliz, pero la combinación de sabores y la textura, ¡perfectas!
En la foto intentamos mostrar la cremosidad de la mouse. Definitivamente, quedamos muy satisfechas por el resultado.
jueves, 14 de noviembre de 2013
¡Estudiante de cocina pasando los cincuenta!
Me presento, como corresponde hacerlo en cualquier circunstancia: me llamo Clarisa, cumplí 53 años el 10 de noviembre de 2013, estoy casada, tengo tres hijos entre 15 y 22 años, y me dedico a tiempo demasiado completo a la traducción.
Hace tres años hice un curso de pastelería, nomás para acompañar a mis hijos y no tener que volverme a casa perdiendo mucho tiempo en el automóvil. Me gustó trabajar en la cocina con ellos.
Después mis hijos, amantes de la cocina de Medio Oriente, me instaron a hacer un curso de comida armenia. Así llegué al colegio Mekhitarista, dónde, además de conocer los secretos de la cocina armenia y aprender a querer a su gente, me hice de un grupo de amigos con los que disfrutamos cocinar. Una cosa lleva la otra: con ellos nos reunimos a cocinar en nuestras casas, repasamos los platillos y nuestras familias, entre tanto, encantadas de las reuniones porque adoran cenar con sarmá, hummus, fatay, tabuléh, chikefté, ensalada Belén...
Hace tres años hice un curso de pastelería, nomás para acompañar a mis hijos y no tener que volverme a casa perdiendo mucho tiempo en el automóvil. Me gustó trabajar en la cocina con ellos.
Después mis hijos, amantes de la cocina de Medio Oriente, me instaron a hacer un curso de comida armenia. Así llegué al colegio Mekhitarista, dónde, además de conocer los secretos de la cocina armenia y aprender a querer a su gente, me hice de un grupo de amigos con los que disfrutamos cocinar. Una cosa lleva la otra: con ellos nos reunimos a cocinar en nuestras casas, repasamos los platillos y nuestras familias, entre tanto, encantadas de las reuniones porque adoran cenar con sarmá, hummus, fatay, tabuléh, chikefté, ensalada Belén...
En la foto: La profe de cocina y dos de mis amigos cocineros. En los platos, ensalada Belén, hummus, tabulé y chikefté.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)