jueves, 14 de noviembre de 2013

¡Estudiante de cocina pasando los cincuenta!

Me presento, como corresponde hacerlo en cualquier circunstancia: me llamo Clarisa, cumplí 53 años el 10 de noviembre de 2013, estoy casada, tengo tres hijos entre 15 y 22 años, y me dedico a tiempo demasiado completo a la traducción.
Hace tres años hice un curso de pastelería, nomás para acompañar a mis hijos y no tener que volverme a casa perdiendo mucho tiempo en el automóvil. Me gustó trabajar en la cocina con ellos.
Después mis hijos, amantes de la cocina de Medio Oriente, me instaron a hacer un curso de comida armenia. Así llegué al colegio Mekhitarista, dónde, además de conocer los secretos de la cocina armenia y aprender a querer a su gente, me hice de un grupo de amigos con los que disfrutamos cocinar. Una cosa lleva la otra: con ellos nos reunimos a cocinar en nuestras casas, repasamos los platillos y nuestras familias, entre tanto, encantadas de las reuniones porque adoran cenar con sarmá, hummus, fatay, tabuléh, chikefté, ensalada Belén...
 
En la foto: La profe de cocina y dos de mis amigos cocineros. En los platos, ensalada Belén, hummus, tabulé y chikefté.
 
 

Ese curso de cocina armenia me hizo descubrir algo muy interesante: es maravilloso cocinar con amigos y para amigos. Es cierto que cuando uno ofrece a la gente que quiere un plato preparado con amor, más allá de que no salga perfecto, se genera un ambiente de felicidad mágico.  Al ofrecer a mis amigos y familia los nuevos platos que iba aprendiendo, se generaba una respuesta magnífica de su lado.  Cocinar con amigos, además, es un placer: todos sabemos qué queremos preparar y qué tenemos que hacer. En poquito tiempo, teníamos un banquete espectacular.
Después vino el curso de pan, jamás en la vida había amasado nada. :) Meli, la profe, una capa, sabe un montón y era espectacular despejar la mente amasando.
 
La pasión por la cocina poco a poco comenzaba a despertarse. Vino un intento por estudiar en el IAG (Instituto Argentino de Gastronomía) pero no pude seguir porque soy una indocumentada como estudiante y no puedo demostrar siquiera que terminé la primaria. El exilio a Venezuela y la burocracia del Ministerio de Educación en Caracas no me permiten demostrar que incluso estudié en dos universidades. Carente de papeles, salvo un certificado de estudios secundarios incompletos en mi Córdoba natal, y cansada de explicar mi particular situación y de enfrentarme a las odiosas chicas en las oficinas del IAG, me aburrí y, muy a mi pesar, dejé de estudiar allí. Ellas no entendían que solo me interesaba aprender, no obtener título. Ya para que me maltraten tengo a mis clientes de traducciones. Igual, también entiendo que al ofrecer formación terciaria, una institución docente debe cumplir estrictos requerimientos legales (cuando decidí irme, las oficinistas del IAG me informaron que el documento que había presentado era válido pero yo ya estaba desgastada con la burocracia y el maltrato, generalizado).
 
Este año, más o menos a mediado de año, pasé frente a un lugar cerca de casa con un cartel que decía "Escuela de Cocina". Me interesé. Pedí información y al constatar que mi indocumentación no era un problema, me inscribí. Enorme fue mi sorpresa cuando mis conocidos expertos en el rubro gastronómico me felicitaban por mi elección. Fue recién después de haberme anotado que me enteré del enorme prestigio de la Escuela Superior de Cocina Alicia Berger entre los que saben del tema.  Clases intensivas, profesores espectaculares. Un lugar absolutamente profesional, serio y dotado de enorme humanismo. Mis aplausos para cada uno de ellos, en particular a Agustín, mi profe, que realmente sabe enseñar, conoce muchísimo de cocina y tiene un humor excelente, siempre. También están Joaquín, Graciela, Maurice (un privilegio tenerlo), la misma Alicia.  Ya hablaré de ellos y de otros más en una nueva entrada. El azar, una vez más, me jugó una excelente sorpresa y salí ganando con creces en esta escuela de cocina. Así, ya llevo medio año estudiando cocina, aprendiendo a hacer huevos poché, papas sorpresa, panificación, carnes, pescados, costos de recetas, bromatología... Y un grupo de compañeros hermoso, claro que todos ellos pueden ser mis hijos. No me puedo quejar.  Eso sí, tengo que estudiar un montón. La parte teórica, la hago sola (me cuesta, ya no tengo la retentiva de cuando tenía 20 años). La práctica, mis amigos e hijos, muy felices de ser mis conejillos de Indias.
 
 
 
Rosi Baiardi: mi primera profe de repostería.  En el momento cuando comencé a estudiar con ella no pensaba ni creía que me llegaría a interesar tanto la cocina.
 
 
 
 
 
 
 

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